viernes, 9 de abril de 2010

Ctrl+Z


Tengo casi una especie de obsesión inexplicable por las máquinas de escribir. Y digo casi, porque no es tan extrema tampoco... Quizás dicha 'patología' tiene su origen en un aparato de estos muy específico: la máquina de escribir de mi abuelito paterno.

Me encantaba verla ahí sobre el escritorio de madera pintada de blanco del abuelito, a la espera de tantas y tantas letricas que llegarían y se quedarían impregnadas en ella con tanto amor, casi de igual manera como se espera el ansioso encuentro entre dos amantes.
Yo estaba muy pequeña, y si mal no recuerdo, la guardaba siempre en una maletica de exterior duro y rugoso de color azul celeste en la que encajaba perfecto resguardándola de cualquier daño o peligro (era bastante previsivo el abuelito jeje). Que lindo!

Pocas veces llegué a utilizarla; quizás una que otra vez cuando me mandaron a hacer los primeros trabajos "serios" del colegio, pero me complacía mirarla y ver cómo cumplía su función, cómo el abuelito la trataba con tanto amor y delicadeza. Me parecía tan sagrada, tan linda, tan antigua, una reliquia digna de respeto y cariño (aunque debo decir que nunca le he dado mucha importancia a las cosas materiales).
Siempre me encantó pero no se qué pasó con ella después de tanto tiempo.

Pensándolo bien... tal vez lo único que no era tan bueno es que no tenía el (tan adorado por mi) Ctrl + Z... ahh que maravilla! pero eso será para otro post :)

1 comentario:

Bel dijo...

Que yo sepa el empaque era negro. Hace mucho que yo tampoco la veo. También me gustaba... :D